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LA CONVIVENCIA
Tal vez la mejor imagen para comprender la razón de ser de la convivencia, es la que presentó el filósofo Shopenhauer: Cuando el frío acosó a una colonia de erizos, éstos se apretujaron entre sí tanto, que se hirieron con sus púas unos a otros. Al separarse huyéndole al dolor, sintieron de nuevo frío... Así encontraron poco a poco la distancia apropiada para calentarse entre todos y no hacerse daño.
Convivir es definir y sostener ese equilibrio entre la independencia individual absoluta que es interior y las puras exigencias sociales que son externas.
Un Colegio, en este caso nuestro Instituto, es un mundo complejo, mucho más complejo que la familia, pero no tanto como las complicaciones a las cuales nos enfrentamos en la vida adulta. A él llegan los alumnos con los aprendizajes que traen de sus casas y salen al mundo con las transformaciones que les haya dado el colegio. En éste, hay relaciones entre mayores y menores, alumnos y profesores, padres y profesores; relaciones con el espacio y con el tiempo, con emociones profundas como la amistad, el compañerismo, la rabia; ideales y temores... Exigencias de la “opinión pública” y convicciones personales. En fin, hay tantos factores en juego, que la convivencia, sin darnos cuenta, puede ser sustituida por la fuerza de las normas y abandonadas las creencias. O, al contrario, cambiada por el imperio de lo fácil y lo caprichoso y despreciadas las normas. Es un juego de extremos en el que se necesita tener, para mantener el equilibrio justo, convicciones pedagógicas profundas. Aún así, esas convicciones están sometidas al vaivén de demandas muchas veces razonables, sistemáticas y animadas de un examen muy cuidadoso y otras veces a juicios ocasionales, poco reflexivos, pero afianzados en nosotros por efecto de la propaganda.
LA PARTICIPACION
La capacidad para participar en el destino de las instituciones, es una proyección de la disposición del individuo a ser dueño de su propio destino, cuando concibe éste como una posibilidad de servicio a la humanidad y éxito personal al mismo tiempo, o por lo menos cuando toma desde temprano la decisión de no oponer sus intereses a los reconocidos como propios de la civilización.
La formación en el respeto hacia sí y hacia los otros, es una condición previa a toda posibilidad real de participar. Por eso, en el INSTITUTO JORGE ROBLEDO creemos que respeto, participación y progreso individual, no pueden ser incompatibles sino, más bien, tres estados de un mismo proceso: CONQUISTAR LA MAYORIA DE EDAD.
La participación, deseable en todas las esferas de la vida social y proporcionada a las condiciones de desarrollo de los individuos, tiene también efectos en la vida política: un pueblo educado en la búsqueda de la mayoría de edad, es capaz de ejercer la Democracia como una forma de organización del Estado. Pero existe el riesgo de hacer una caricatura de la Democracia, al creer que ella es una forma válida dentro de todas las instituciones sociales. No. Ella tiene una esfera muy definida para su ejercicio y es la vida política. Educamos a los jóvenes en el respeto, para que puedan participar en la construcción del presente y del futuro alcanzando sus aspiraciones individuales y puedan más tarde, como ciudadanos, ejercer la democracia.
EL LIBRE DESARROLLO DE LA PERSONALIDAD
Este precepto constitucional es una herencia del humanismo y se funda en la doctrina del Libre Albedrío. Tiene un supuesto: la libertad no es un punto de partida sino una conquista humana. Y esa conquista, a su vez, requiere que los hombres puedan usufructuar las ventajas de la Civilización y en particular la Educación. No creemos en el INSTITUTO JORGE ROBLEDO que pueda haber un desarrollo libre de la personalidad, si la gente se priva de la educación.
Ese desarrollo, sometido a la espontaneidad de la vida instintiva, en la hipótesis -imposible- de que se diera por fuera de las construcciones culturales, llevaría a una involución de la especie. Duro ha sido el camino de la humanidad para diferenciarse de sus remotos orígenes. Aún así, mantenemos muchos rasgos primitivos en nuestro carácter y en nuestras emociones. La Educación criba, cincela y pule y es una garantía para la convivencia. En un contexto civilizado, los hombres concurren con lo mejor de su carácter a la vida social. El carácter tiene que pasar por la educación, sea en las formas elementales propias de las sociedades de cazadores, de padres a hijos, de mayores a menores, sea en las formas de nuestra sociedad en la cual la tarea de los padres tiene su continuación en la acción educativa de los Maestros.
Educar es adecuar un individuo a las normas, las leyes, las costumbres, los hábitos y los saberes de una sociedad, para que ese individuo sea humano. En su desnudez biológica, el individuo rechaza la educación. De ahí que educar supone un cierto forcejeo entre los instintos y la elementalidad de una lado, y la Cultura del otro. Con el tiempo, cambian las maneras de educar y las características de ese forcejeo. La inconformidad y el sometimiento son dos extremos que, como límites, actúan presionando el medio educativo para mantenerlo al servicio del progreso humano. Por eso no somos inflexibles: tenemos puestos los sentidos en la búsqueda de las mejores tendencias y procuramos mantenernos contra la corriente del facilismo. En ese marco adquiere significado para el INSTITUTO JORGE ROBLEDO, el libre desarrollo de la personalidad.
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