Leído en la ceremonia de grados, el 28 de noviembre del 2008,
    en el Aula máxima del Instituto.
    Por Federico García Posada, Rector del Instituto.
    Desde hace unos quince o veinte años parecía perdida toda la esperanza para el mundo civilizado. Las grandes conquistas de la humanidad, resultado de las luchas de millones de hombres y mujeres durante miles de años por un mundo mejor, parecían llegadas a su fin.
    Hasta principios de la última década del siglo pasado y desde los albores del siglo XIX, los pueblos y las naciones vivían una suerte de pugna interna continua, a veces sorda e invisible, que de tarde en tarde estallaba con el estruendo de alguna revolución.
    En la raiz de las guerras y conflictos, internos o entre naciones padecidos desde entonces, estaban presentes, animándolos, las ideas dominantes acerca del origen y el destino de la humanidad.
    Siempre, en esos casi exactos doscientos años transcurridos desde la revolución francesa hasta el triunfo del neoliberalismo, el escenario de la historia estaba poblado por personajes como la Libertad, el progreso de la humanidad, la búsqueda de la felicidad, el poder de la razón y de la ciencia, la capacidad liberadora de las artes, el valor de la fraternidad como motor de las grandes conquistas sociales, la superación de las desigualdades por la vía de la igualdad de oportunidades y el triunfo de los Estados del bienestar, más allá de las inevitables diferencias que imponen la cuna o la naturaleza, pero niveladas por la igualdad elemental de los ciudadanos ante la ley y la condición superior del ciudadano, ante los caprichos del poder y los abusos de los príncipes.
    La separación real entre las ramas del poder público, novísimo invento occidental, al lado de los Estados de Derecho y las Constituciones, en tanto herrramientas insustituibles de la democracia, operaban como diques inamovibles y al final, como garantía de conservación de las grandes conquistas políticas de la humanidad.
    En ese contexto luminoso, lo cual no quiere decir ni de lejos que hubiera logrado aniquilar el sufrimiento, creció la escuela que conocemos hoy. Una Escuela orientada no a dividir a los pueblos, sino a unirlos. Util para construir desde la infancia los lazos de la amistad, de la cooperación y del respeto pero nunca a pesar de los demás. Al contrario, escuela llena de diversidad, de tipos humanos diferentes, cultora de las diferencias, de las cualidades naturales de cada uno y en últimas comprometida con el progreso de la humanidad y la felicidad de los pueblos.
    La escuela moderna, esta que creció al lado de las grandes conquistas políticas como lo fueron la revolución inglesa, la proclamación de los derechos del hombre, la búsqueda de la Ilustración, la revolución francesa, la constitución americana y la gesta emancipadora de Simón Bolivar, fue deseñada para inventar de nuevo, en cada niño, a la historia, a la manera de una enseñanza para que los pueblos en su conjunto, todos los días, aprendieran a construir su historia sin parar, en un ascenso continuo hacia las cimas de la razón y animados por la pasión de despojarse de las ataduras de los instintos para alcanzar la perfección de la humanidad. Digamos que semejante escuela, debería producir en cada individuo, la síntesis entre la libertad de hacer, de opinar y de pensar y al mismo tiempo un fondo moral de respeto por las leyes y acatamiento al Estado. De ahí, el precepto kantiano de "razonad, razonad todo lo que queráis, pero obedeced".
    Esta escuela es uno de los pilares del Estado Moderno. Y ese Estado moderno que se caracteriza, ante todo, porque deja de ser visto como una prolongación de la divinidad en unos casos o como la manera natural del ser del príncipe, pasa ser concebido como la proyección en la vida pública de cada uno de los ciudadanos o como se dice también, pasa el pueblo a ser la fuente de la autoridad.
    El Estado moderno es la misma sociedad, pero organizada para tramitar sus asuntos dentro del cuerpo de las leyes de las que la misma sociedad se dota. Es la Sociedad Política. Aparece así el Estado, por primera vez en la historia, como una fuerza reguladora de las relaciones entre los hombres. En cierto sentido, cuando inventamos este tipo de Estado, partimos de la aceptación dolorosa de que no es angélica la naturaleza de nuestra especie, y sobrada razón tenía Hobbes al representar el alma humana como un volcán de pasiones egoístas.
    Ese Estado no podía ser de otra manera. Lo inventamos por conveniencia y por necesidad. Por conveniencia, porque el estado democrático moderno se acomoda a las demandas que se fueron abriendo paso desde los remotos tiempos de los césares imperiales y la búsqueda de una verdadera república romana y las luchas contra la esclavitud o las sublevaciones de los siervos en la Edad Media. Y al permitir una conciliación efectiva entre las clases y los grupos sociales, servía para darle a las sociedad una cierta medida de tranquilidad y seguridad necesarias para el progreso y la eficiencia en los negocios de los ciudadanos. Convenía pues un Estado así.
    Pero también se explica el invento de este Estado moderno, por necesidad. Es que al no hacernos ilusiones sobre las características del alma humana, necesitábamos un Estado fuerte, capaz de mantener a raya el lobo que llevamos adentro -y algunos más grande y peligroso que otros por cierto...
    Este tipo de Sociedad y de Estado, en estos dos siglos, afrontó grandes riesgos. De una parte, los afanes totalitarios y colectivistas, que se fundían, a pesar de sus mortales diferencias, en el abrazo de Hitler con Stalin. Del otro, en una curiosa aproximación entre contrarios, enfrentó los riesgos del anarquismo bakuniniano y de los amantes de los estados desdibujados, débiles, casi inútiles, apertrechados en el más puro individualismo de Tatcher y de Reagan. Y cuando todo parecía indicar que la pugna entre dos formas contrarias de organización social seguirían alimentando la historia, de un momento a otro se desbarrancó la Union Soviética. Desde entonces, nadie quiso hablar más de las grandes hipótesis acerca de la humanidad y mucho menos de las utopías.
    La dialéctica entre los grandes bloques había exigido de las sociedades occidentales dar lo mejor de sí, para poder demostrar ante los pueblos las bondades de los Estados democráticos capitalistas. En buena parte eso explica por qué Europa y Norteamérica, desarrollaron sistemas de salud y educación pública, de la más alta calidad y se impusieron altas metas en la carrera por el progreso social, la igualdad de oportunidades y la creciente disminución de las inequidades sociales. Pero al caer la Unión Soviética, salió el lobo de su madriguera, miró a los lados y ya no vió al Estado presto a refrenar su apetito predador. Y lo primero que devoró, fue al Estado moderno. Lo convirtió en una máquina de su propiedad y se la arrebató a la sociedad. Quedaron proscritas del nuevo lenguaje, todas las expresiones acuñadas en los siglos precedentes. Los filósofos fueron devueltos a las bibliotecas y se inventaron a sus nuevos pensadores. Uno de ellos no vaciló en proclamar el final de la historia. Levantaron nuevos ídolos y forjaron una manera liviana, casi ingenua de comprensión del mundo, basada en las ideologías empresariales y en los manuales de las escuelas de administración. Pero no por livianos, esos modelos carecían de poder. Eran tan sinples, que le permitían a cualquiera hacerse propietario de un modelito portátil para comprender el mundo. Una especie de sociología de lego.
    Así anduvo el lobo casi veinte años sin controles, hasta que en su gula empezó a devorarse por la cola. Y es ahí cuando aparece en su desnudez, la incompetencia del lobo hasta para sostenerse a sí mismo: Las enormes corporaciones financieras, la banca de inversión e hipotecaria y hasta las tres más grandes firmas de la economía real norteamericana, ahora acuden hambrientas y apaleadas a ver si la sociedad, con lo poco que se salvó de sus expediciones de caza, las salva de la muerte por inanición. Es un poco la historia de Michín, el gato bandido.
    Pero es justamente ahí donde renace la esperanza. De nuevo empezamos a oir las voces que nos recuerdan nuestra naturaleza y al mismo tiempo la conveniencia y la necesidad de retornar al viejo modelo del Estado democrático. Ustedes señores bachilleres, recuérdenlo siempre, se graduaron en el año en el cual la humanidad empezó a rectificar el rumbo. Y ahí es cuando reverdece en su verdad este colegio y confirma que ha valido la pena mantenerse luchando contra la corriente.
    Recordemos esto: La Escuela moderna tiene también el mismo punto de partida del Estado moderno. Esta es una escuela para enseñarnos, por nosotros mismos, a mantener amarrada la bestia y a sacarle todas sus energías, de tal manera que sea más fuerte nuestra capacidad para meternos del todo en el mundo y hacernos dueños de nuestro propio destino.
    No todas las escuelas son así. Otras, aspiran a convertir el cuerpo del alumno en la cárcel del lobo, así sea a costa de la libertad y de la felicidad de la niñez y la juventud. Y como es apenas de esperar, le sirven de fundamento a los Estados carcelarios y a las sociedades desgraciadas.
    Una escuela sin los ideales modernos que venimos invocando, es un experimento ortopédico colectivo. Aulas tristes, patios y corredores silenciosos, aridez y reducción del valor de cada hombre, de cada mujer, de cada niño, a su más ínfima expresión. Esa escuela ha existido y todavía existe. En ella no se forma para la amistad y la unidad solidaria y fraterna, sino para la competencia despiadada. No están los maestros cercanos y memorables, sino los funcionarios grises de la producción en serie de gente igualita, muy certificada ella, muy estandarizada... No es la escuela donde los hombres y mujeres, los padres, llevan a sus hijos desde niños a ese colegio que les inspira confianza y que llega a ser un bien familiar, sino de clientes atraídos por un exitoso mercadeo. Esa es la Escuela que a veces algunos buscan con tanto afán para servirle en bandeja de plata a nuestros niños y jóvenes a las demandas de la pura eficiencia económica, pero esa escuela no es el Jorge Robledo.
    Creemos haber cultivado con desvelo y con amor, las diferencias con las que cada niño llegó hasta las puertas del colegio. Rasgos diferenciales que conformaban caracteres únicos, acá se fueron pronunciando. Hoy, cada uno de los bachilleres es más distinto de sus compañeros y más parecido a sí mismo. En lo único que no se han cultivado las diferencias, ha sido en los valores y los ideales: Al menos eso esperamos. Cómo quisiéramos que las valoraciones que tienen de la sociedad, de sus familias, de sus compañeros y del futuro, fuesen apenas matices de las idealizaciones compartidas y nacidas de sus padres y del colegio.
    Más rápido de lo que puede imaginar la juventud, los años irán llegando y se encontrarán con un hecho muy simple y repetido por otras generaciones de robledistas:
    Sean lo que sean y lo que quieran, siempre se reconocerán como egresados de esta casa.
    Y bueno. Voy a decirles lo último que le digo a los bachilleres del Jorge Robledo en la noche de sus grados: Aquí nos quedamos esperándolos, hasta cuando dentro de algunos años, vuelvan al colegio de la mano de sus hijos.